Martín Churba: “La clave está en aprender a compartir”

Se diseñó a sí mismo durante esta entrevista en la que abrió su interior y contó por qué y cómo logró lo que logró y qué le queda por delante: “En mi vida, aquello que no se desarrolló, está a punto de ser desarrollado. Hay muchas cosas pendientes y todas me llevan a pensar en más proyectos”, dice.



En medio del espíritu navideño de fines de 2010 –época en la que todo apunta para ser colores y festejos y paz y amor- me pidieron que fuera a ver a Martín Churba. Había que averiguar quién era. El primer encuentro estaba pautado en su local de Paseo Alcorta, en una exclusiva zona de Buenos Aires. Las condiciones no serían las ideales. Él tenía pautado hacer una presentación que consistía en pintar vidrieras y desacomodar y acomodar su espacio de Tramando, la firma a la que le dio impulso en 2003, cuando la crisis político-social todavía era un recuerdo fresco y latente. Mientras hacía eso, una fotógrafa se encargaría de retratarlo en plena acción; pero como cronista el asunto se volvía complicado. Hacerle preguntas y esperar respuestas en medio de ese caos era una utopía. Con el fracaso asumido, pasaron algunos meses y se concretó un segundo encuentro. Esta vez, en sus oficinas, en el corazón de Recoleta. Las condiciones eran distintas: mesa y grabador mediante, no sentamos frente a frente y detuvimos los relojes. No había músicas como aquella vez sino silencio. El sol de la tarde asomó como mudo testigo y, relajados, me dispuse a averiguar, de una vez por todas y a través del doble filo que son las entrevistas, quién es Martín Churba. Sigo sin la respuesta. Pero en el intento salió una conversación tan interesante como puede serla aquella en la que uno se mete adentro de alguien y le revuelve el alma, los recuerdos y los sentimientos.
-¿Por qué sos diseñador?
-Primero, porque me atrae mucho la posibilidad de crear. En mi formación hubo siete años en que me dediqué a estudiar teatro. Uno crea personajes, con objetos: una chaqueta con determinadas cualidades, un bolsillo gastado porque el personaje usa anteojos y los pone siempre en ese mismo bolsillo, por ejemplo. Me fascinó tanto esa composición de crear, que fue lo que más me gustó del teatro. En lo que tiene que ver con la creatividad me siento como nadando en aguas conocidas. Por eso el tipo de cosas que hago tiene que ver con la posibilidad de hacer y deshacer con las manos, jugar, romper, coser, descoser. Eso, llevado a la moda. El eje de mi pasión es la posibilidad de crear, cambiar. Un pasito para adelante, tres para atrás, un movimiento constante.
-¿Cuándo te das cuenta de que algo está terminado?
-Eso es parte de las reglas que me imponen o me impongo para ser diseñador. Si tengo que decir qué soy, soy un artista textil, un artista, alguien que trabaja en la creación, pero trabajo con reglas que tienen que ver con el sector al que me dirijo, que es el de la moda. Una regla es que en algún momento tenés que parar, tenés que terminar. Muchas veces no soy yo quien dice basta, sino que hay gente contratada que lo dice. Yo trabajo con un estilista, que es alguien que estuvo siempre con los creadores en el mundo de la moda. Es como el editor y el director: uno filma, filma, filma; y el editor es el que dice “hasta aca”.
-¿Qué sentís al terminar un trabajo?
-¡Alivio! Ahhhhhh… como un camión que se te viene de frente y te corrés justo. Los tiempos siempre son cortos, llegás tarde, tenés todo listo y decís “qué bueno si le agregás esto… ”.
-Pero no se puede: los tiempos son cortos.
-Los tiempos son cortos, si.

Su lugar en el mundo

-Tenés varios locales; entre ellos, este enorme edificio. ¿Cuál de todos es tu lugar?
-Mi casa, porque es en el que tengo mi mundo afectivo, privado, mi historia, mi familia. No se trata de un lugar físico. Si me voy con mi familia de vacaciones, esa es mi casa y el lugar en el mundo en el que quiero estar. No sólo porque amo las vacaciones, sino porque mi casa es lo que somos con mi gente. Y somos muy felices cerca de la naturaleza, que es algo que acá, en Buenos Aires, no hay. Sí hay en los viajes.
-¿Tres lugares que te gusten para viajar?
-El paraíso, cualquier playa paradisíaca hermosísima, que tenga espacio, sin gente. Me encanta eso. Después tengo como un amor muy especial por el delta del Paraná, el Tigre. Cuando voy, tengo la sensación de pertenencia. Y la ruta: agarrar la ruta y viajar. He recorrido mucho en auto este país y algunos vecinos, como Bolivia, Chile. Siempre con el placer del viaje continuado.
-¿Tiene que ver con la libertad?
-Creo que si, porque el paraíso tiene que ver con la posibilidad de deshacerse de todo lo social. En una playa podés estar en pelotas, con esa sensación de que te sacás toda la pilcha social: celular, llaves del auto, plata, billetera. Sos Adán en el paraíso. Mucha libertad con la naturaleza: anochece, llueve, amanece, hay bichos, amo que me pasen cosas. La ruta es la libertad total, porque es “hoy no, mañana no, mejor ahora, dormimos un ratito…”. Y el delta es mi refugio. En media hora estás en Vietnam, esa sensación de que no necesitás nada de lo que sí precisás en Buenos Aires. No hay urgencias. Y no hay aviones, que son un mal necesario. Te llevan a donde necesites, pero requieren todo lo que no querés: horario, rutina, comer lo que no tenés ganas, sentarte cuando no querés sentarte, ponerte el cinturón. El avión te lleva al paraíso, pero hay que hacer un viaje.
-¿Visitás el Puerto de Frutos cuando vas a Tigre?
-Voy a casas de amigos en el Paraná de las Palmas. Hubo veces en que alquilé algo. Mi casa física está en Colegiales, en un piso 15, donde mi contacto con la naturaleza es que veo el cielo todo el tiempo, tengo buena vista. No tengo pasto, eso lo encuentro en el delta.

La infancia inolvidable

¿Cuál fue el primer regalo que recibiste?
-El primer regalo que no recibí pero es el primero que recuerdo se lo hicieron a mi hermana. Era una casa de tela que tendría un metro por un metro por un metro con una especie de carpa que la ponías encima y formaba una construcción. A mi hermana la operaron por un problema en los ojos y no podía bajarse de la cama, entonces la usaba yo. Tendría 2 años. Pero no es un recuerdo menor: yo tenía un amor muy especial por las telas, que tiene que ver con el material en sí: mi padre era tapicero, mi madre confeccionista de ropa para chicos, un abuelo era saldero de telas inglesas que traía de Inglaterra. O sea, el universo de telas a mi alrededor era infernal. No me quedaba otra: estaba todo el tiempo conectado con eso. Entonces el primer recuerdo tiene que ver con las telas. Dormimos entre telas, nos vestimos con telas, cuando nos mojamos nos secamos con telas, hay telas para las cortinas, para el mantel, estamos en contacto con las telas todo el tiempo. Me acuerdo también de que me regalaron una camiseta de fútbol de River, y el fútbol nunca jamás me importó, pero era una prenda de vestir, y además con un color y una forma que tenían una libertad distinta a la que me ponía para ir al colegio: una franja roja.
-¿Y tu primer diseño?
-No lo recuerdo, pero tengo guardado un dibujo de un nene que tiene un collage al que le hice la ropa con jean. No se qué edad tenía, pero supongo que era muy chico. Esas cosas me dan risa, porque ni siquiera sé por qué lo guardé. Lo recuerdo porque lo tengo, sino no lo recodaría. Pero me subía a la mesa de cortes de la oficina en la que mamá hacía las ropas y agarraba los desperdicios, que me los daban para jugar. Cuando hice “Tramando” sentí que armé mi filosofía textil: la trama tiene que ver con la construcción, la unión hace la fuerza. Y desde ese lugar armo la idea del equipo de diseño, al que se invita a distintos artistas para sumar fuerzas e ideas interdisciplinarias, que se pueda vestir una casa, un sillón. Era muy divertido jugar con telas, con colores.
-¿Qué cosas tenés pendientes?
-En mi vida, aquello que no se desarrolló, está a punto de ser desarrollado. Hay muchas cosas pendientes: escribir un libro en el que cuente cómo hice todo ésto. Tengo muchas cosas que hice y otras que no hice. Y todas me llevan a pensar en más proyectos. En lo personal, tengo miles por hacer. Me gusta la docencia, me encantaría trabajar dentro de la docencia en lo que pude aprender. Sé que habría mucha gente interesada en aprender.
-¿Qué significa compartir?
-Una vez ví en una revista francesa la foto de dos manos así, que hablaban de lo colectivo, de la conciencia de lo colectivo. Eso me marcó. Compartir es tener conciencia de lo colectivo. En el fondo, no te queda otra que compartir. Nadie puede no compartir: compartimos el aire, la tierra. Básicamente lo que hay que hacer es ser concientes de que no estamos solos. Lo resumo como la conciencia de lo colectivo. Cuando armamos “Tramando” pensamos en una acción en continuo, una palabra en gerundio, porque describe acciones que están sucediendo: “Aprendan a convivir, convivan”. Creo que el desafío es la convivencia. No podés vivir pensando que sos el único. Hicimos remeras con impresiones de banderas de distintos países, una sobre otra, y cuando las ponías así se formaban colores, pero las separabas y te dabas cuenta de que se trataba de dos países. Nosotros mandábamos de esa forma un mensaje de convivencia. No hay una sola verdad, no hay una única dirección. Siempre hay más de una visión.
-¿Cuánto hay de libertad en tu trabajo?
-Pienso muchas veces que soy un ridículo, un payaso, un loco, pero me doy el lujo de entrar a un shopping y pintar vidrieras, como hago en Buenos Aires o en un shopping mall de Japón. Lo que más flashea no es mi arte sino mi libertad, tirar un balde de pintura a un vidrio. No hay que tener una capacidad de genio sino huevos para hacerlo en una cultura determinada. Creo que en mi caso, si bien es un acto estético y de marketing y de rebeldía, es un acto también de libertad, porque tiene un valor más fuerte por eso que por lo otro. Es más fuerte ver a alguien haciendo algo en ciertos contextos, rompiendo ciertos códigos, que lo que está haciendo en sí. Creo que tiene más valor como acto de libertad. Para mí.
-Me dijeron que averigüe quién es Martín Churba. ¿Me lo decís?
-Ehhhh… Poné: “No sabe. No contesta”.

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