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Mostrando las entradas etiquetadas como Papá

MI PAPÁ Y EL FÚTBOL

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A veces todavía me cuesta asegurar que la fecha exacta en la que murió mi papá fue el 14 de abril de 1998. A veces creo que fue el 15 y otras veces, el 16. El traspié dura unos instantes y acomodo: el martes de su muerte yo estaba lejos, en Mendoza. El miércoles 15 viajaba de regreso en un vuelo en el que de suerte conseguí lugar (en el taxi que me llevó de Aeroparque al Hospital Durán escuché, en total silencio, el amistoso del seleccionado con Israel). En unos meses se iba a jugar el Mundial de Francia. Y el jueves 16 despedí a mi papá en el cementerio de Flores. Le dejé sobre el cajón una camiseta de Independiente. El fútbol, o Independiente, fueron nuestro puente. Hay un detalle que recuerdo siempre: la tarde del domingo en que me enteré de su enfermedad Independiente perdió con San Lorenzo. Y la noche posterior a su muerte, Independiente le ganó a San Lorenzo. El fútbol nos cerraba ese círculo. Pero hubo un círculo que cerré dos años después, cuando me fui...

EL GRÁFICO

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Escribí lo que sigue después de enterarme del cierre de El Gráfico. La nota original está acá .  Cuando era chico y la economía de casa se fue a pique, sólo hubo una cosa que nos acompañó en todas las mudanzas: la colección de revistas El Gráfico que desde los años 50 había juntado Héctor, mi papá. Tras perder la casa y empezar el peregrinaje de alquileres, cada mudanza implicaba encontrar un lugar para tantos El Gráfico, a los que sumaban algunos ejemplares de su hermano menor, Goles. Crecí viendo las tapas del Independiente de los 70. Y a veces viajaba en el tiempo para saber de Fórmula Uno, ciclismo y, sobre todo, boxeo. Cada vez más amarillos, lo primero que se buscaba en cada nueva casa era un lugar donde guardarlos. Cuando empecé a estudiar periodismo Héctor me recomendaba que aprenda de las lecturas de Panzeri, Frascara, Borocotó, Ardizzone, Juvenal y tantos otros. Y yo, al igual que los de mi generación, lo que más quería era trabajar en El Gráfico. A fines de los...

Día del padre

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A veces no sé cómo encarar un texto sobre mi padre. Me quedo con las ganas de escribir sobre él porque siento que no me alcanzarán las palabras; o porque me da la sensación de que al intentarlo me quebraré. O porque los recuerdos me apabullan y tengo que seleccionar y no me sale, me pierdo. Posiblemente nunca lo haya conocido del todo. Les pasa a muchos, me cuentan: cuando hablo de padres, no son pocos los hijos que me dicen eso.

Pá, ¿me llevás a la cancha?

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Eso es mi infancia: Independiente, la cancha, las tardes de domingo en el viejo Torino azul, mi padrino y un par de amigos que se sumaban en el camino, la avenida Perito Moreno desierta, el relato de Muñoz y las descripciones formidables de Víctor Hugo, los miércoles de Copa, los sándwiches de jamón y queso con el toque justo de mayonesa que preparaba mi vieja con unas figazas como nunca más volví a probar, ir al cole dormido porque la Libertadores me había tenido en Avellaneda hasta muy tarde, el jugo Pindapoy, el choripán a la salida –sobre Alsina- que nunca terminaba, el abrazo con mi papá mientras gritábamos el gol y el gol que se nos metía adentro.

El primer título internacional sin mi viejo

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Independiente y mi viejo son dos figuras retóricas en mi vida: no podría verme a mí mismo sin relacionarme con ellos. Tenía seis años cuando mi papá me llevaba a la cancha. Eran los 70, los mejores tiempos del club: ganábamos todo y a todos y así me fui acostumbrando hasta la época de vacas flacas que llegó cuando terminaron los 80 y se acrecentó en los 2000.